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domingo, 15 de abril de 2012

Origen

Pues se acabó lo que se daba, con un efímero hálito de vida, Ilhuicamina ha salido del mundo de la oscuridad. La puerta se ha abierto. Puede volver a tener la oportunidad de ser feliz. El futuro determinará si la luz guiará sus pasos, o si bien la bestia que el Kisín creó volverá a la vida.
Ahora os dejo los links de todos los capítulos, espero que los disfrutéis:

TOMO 1: ZAMBULLIDA EN EL ABISMO

Capítulo 1º: Perdido en la espesura: http://laminoriaolvidada.blogspot.com.es/2012/02/zambullida-en-el-abismo-1-perdido-en-la.html

Capítulo 2º: Jugando en las sombras...: http://laminoriaolvidada.blogspot.com/2012/02/zambullida-en-el-abismo-2-jugando-en.html

Capítulo 3º: Grito en la oscuridad: http://laminoriaolvidada.blogspot.com.es/2012/02/zambullida-en-el-abismo-3-grito-en-la.html

Caítulo 4º: Falta de aire: http://laminoriaolvidada.blogspot.com.es/2012/02/zambullida-en-el-abismo-arco-final.html

TOMO 2: REDEMPTION

Capítulo 1º: Running away: http://laminoriaolvidada.blogspot.com.es/2012/03/redemption-chapter-one-running-away.html

Capítulo 2º: Oblivion: http://laminoriaolvidada.blogspot.com.es/2012/03/redemption-chapter-two-oblivion.html

Capítulo 3º: War: http://laminoriaolvidada.blogspot.com.es/2012/03/redemption-chapter-three-war.html

Capítulo 4º: Behind the darkness: http://laminoriaolvidada.blogspot.com.es/2012/03/redemption-chapter-four-behind-darkness.html

Capítulo 5º: Home: http://laminoriaolvidada.blogspot.com.es/2012/03/redemption-chapter-five-home.html

Capítulo 6º: Purity/Impurity: http://laminoriaolvidada.blogspot.com.es/2012/04/redemption-chapter-6-purity-impurity.html

Capítulo 7º: Stay away: http://laminoriaolvidada.blogspot.com.es/2012/04/redemption-chapter-seven-stay-away.html

Capítulo 8º: Friendship: http://laminoriaolvidada.blogspot.com.es/2012/04/redemption-chapter-eight-friendship.html

sábado, 14 de abril de 2012

Redemption; Chapter eight, Friendship

8º - FRIENDSHIP

Sorpresas inesperadas.

Reconexión.

Un nuevo mundo brillante.

- Encantado de veros, pero debo irme. - la voz de Ilhuicamina sonaba realmente tranquila, como si hubiese olvidado por un momento el terrible crimen que acababa de cometer. El agredir al sumo sacerdote se castigaba con algo peor que la muerte; la alta alcurnia de la ciudad devoraría su alma comiéndose su corazón cuando este aún latiese. El sacrificio divino a Kisín, el Dios de los muertos. Se necesitaba el castigo eterno de un alma para que los demás sacrificios llegaran a los Dioses misericordiosos, y que, de esta manera, intercediesen por ellos en la vida terrenal. Pero el muchacho ya no adoraba ninguna divinidad. Nadie había intercedido por él en el pasado, no tenía porqué rendir cuentas a ningún ser celestial, y aún menos dejarse sacrificar para el deleite de sus seguidores.
- De eso queríamos hablarte, queremos irnos contigo, buscar otro lugar al que llamar hogar. Lejos de este lugar pútrido, corrupto y lleno de malos recuerdos. - Hiuhtonal sorprendió al muchacho, que la miraba con cara de asombro. No se esperaba esa contestación de alguien a quién acababa de conocer. Como alguien tan frío, serio a simple vista podía guardar tantos sentimientos en su interior.
Tlacaelel y Topiltzin asentían detrás de la muchacha. Sus rostros reflejaban ansias por conocer el mundo fuera de la aldea, del pequeño pedazo de selva del que nunca salieron. El mundo era un lienzo en blanco en el que dibujar su propio destino. Nadie les diría lo que podían o no hacer.
- Está bien - dijo con una amplia sonrisa, expresión que no usaba desde hace mucho - ¿tenéis algún plan de lo que vamos a hacer?
- Al oeste de aquí hay una aldea mucho más mayor que esta, quizás deberíamos intentar colarnos y hacer vida allí, - Topiltzin respondió raudo - con esfuerzo, podremos llegar a ser lo que queramos, ya veréis.
Yo solo quiero ser feliz, pensó Ilhuicamina. Aunque realmente estaba esperanzado. Esta era una nueva oportunidad para empezar de cero, para olvidar el pasado y centrarse en el futuro. 
- Por mi parte, podemos ponernos en marcha ya mismo. - dijo Ilhuicamina
- Perfecto, nosotros ya tenemos todo empaquetado, no llevamos mucho equipaje. - señaló Tlacaelel. - ¿Tú no quieres llevarte nada?.
- No tengo nada, he vivido de lo que me ha dado la naturaleza todos estos años.
- Está bien, ¿nos ponemos en marcha pues?
- ¡Sí! - respondieron todos, casi al unísono.
Uno a uno fueron saliendo de la choza. En cabeza el mayor de todos, Topiltzin, después Hiuhtonal. Siguiéndola de cerca, Tlacaelel y por último, Ilhuicamina, un poco más rezagado, que meditaba sobre si el pasado acabaría por alcanzarle y le seguiría allá donde fuese. Cruzaron hacia el inicio de la selva sin un sólo titubeo, como si fuese una excursión a la orilla del río y a buscar fruta. Nadie miró atrás, salvo Ilhuicamina, que, irónicamente, era el único que no dejaba a nadie allí. Miraba con odio esa tierra baldía, volvía a irse otra vez, pero, esta vez, para no volver. Escupió en el suelo, como muestra de desprecio, asco y rencor hacía esa sociedad en general, y hacía el gran templo en particular. Una sarta de mentiras y de creencias sin fundamentos habían dado el poder sobre el rebaño de borregos a unos egocéntricos que no tenían otra preocupación en la cabeza salvo ellos mismos.
Recorrieron la selva hasta que anocheció, momento que aprovecharon para descansar. Como los dos muchachos se habían pasado media vida en la selva, sabían como preparar unas improvisadas hamacas en lo alto de los árboles, lejos de los depredadores que habría en tierra firme.
A medida que la noche avanzaba la magia de la naturaleza iba aumentando. Las chicas, que no habían pasado una noche así en su vida, se vieron extasiadas ante tanta belleza, y les fue imposible conciliar el sueño. Ninguno de ellos quería dormir esa noche, ya que Topiltzin había estado todo el camino meditando sobre lo que harían cuando llegasen a la ciudad, e Ilhuicamina había procesado un aborrecimiento a dormir, ya que esto llevaba a soñar, y últimamente solo tenía horribles pesadillas.
Los cuatro jóvenes empezaron a hablar de sí mismos, con el fin de que no hubiese secretos entre ellos. Ahora no les quedaba otra cosa que ese pequeño grupo que se acababa de conocer. Solo se tenían los unos a los otros. La conversación comenzó y sin apenas darse cuenta, ya había llegado la mañana.
Para Ilhuicamina, estar desvelado toda la noche no le fue en balde. Esa noche descubrió por ejemplo, que Hiuhtonal huía de unos padres demasiado protectores, que apenas le dejaban salir de casa, tan solo para trabajar en el mercado con su madre, cosa que odiaba, y trabajo que algún día se vería obligada a desempeñar. Tlacaelel y Topiltzin huían buscando una segunda oportunidad, buscaban salir de unos trabajos que odiaban y hacer lo que siempre habían querido. La muchacha, cuidar animales, a los que adoraba, y Topiltzin, salvar vidas, cosa que compartía con Hiuhtonal. Ilhuicamina, al oír todas las posibilidades de trabajo, no lo dudó, se uniría a la pareja de sanadores. Quería salvar vidas, nadie más debía morir antes de tiempo, en vano. Ilhuicamina por su parte les contó su historia, todo lo que le pasó en la selva, y su ajetreado día en Mayaque.
Con el amanecer a sus espaldas, prosiguieron hacia el oeste. Pequeñas líneas de humo negro se veían más y más densas a medida que se iban acercando. El ruido característico de la selva iba dando lugar al de gente gritando, al del choque de piedras y otros ruidos estruendosos.
Pero sus sueños se vieron rápidamente truncados ya que se toparon de bruces con una alta muralla de piedra. Los chicos jamás habían visto una piedra tan lisa. Los hombres debían de haber trabajado realmente duro para poder darle esa apariencia.
Decidieron que buscarían la puerta y amablemente les explicarían la verdad. Bien entrada la tarde fue cuando Tlacaelel gritó que había una puerta. Y así era. Una gran puerta, majestuosa, de la misma piedra que la muralla a la que se le había añadido toques dorados y motivos de dragones. A su lado había una puertecita, mucho más pequeña. Topiltzin golpeó con los nudillos esa puerta, de manera suave, para avisar de que había gente esperando para entrar. Como una exhalación se abrió la puerta. Y tras ella apareció un hombre bajito, de mediana edad, algo regordete y con evidentes síntomas de que estaba perdiendo el pelo:
- ¿Qué queréis niños? - dijo, con una mueca de asco.
- Trabajar - dijo Tlacaelel, que era la más espontánea del grupo.
- Está bien, decidme vuestro nombre, edad, y a lo que os queréis dedicar.
- Tlacaelel, 236 fases lunares, quiero cuidar animales.
- Topiltzin, 240 fases lunares, quiero practicar cirugía.
- Hiuhtonal, 233 fases lunares, quiero ayudar a traer niños al mundo.
- Ilhuicamina, 230 fases lunares,quiero salvar vidas.
- Vaya, cuanto forastero resabiado. Está bien, seguidme, os reuniréis con el gran sacerdote. Él determinará vuestro destino. - sentenció el anciano, mientras gesticulaba con la mano que tenía libre, haciendo ademanes para que los cuatro muchachos entrasen en la villa.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Ilhuicamina, hasta el momento el destino sólo le había otorgado sufrimiento. Estaba convencido de que esta vez no sería diferente.

Las calles estaban empedradas con pequeños ladrillos rojos. Las casas, decoradas con pequeños azulejos en sus paredes, recordaban vagamente a las de Mayaque, solo que estas desprendían un aura especial, mezcla del color de sus calles y del atardecer, que teñía de anaranjado todos los pequeños cristales que decoraban las paredes de las casas altas. Los cuatro muchachos quedaron extasiados ante tanta belleza. Veían allí un futuro que podría sonreirles. Ilhuicamina daba señales de que estaba entusiasmado, a pesar de que seguía igual de hundido siempre. Las escaleras en las que finalizaba la calle principal subían al segundo piso de la ciudad, residencia de los nobles, los sacerdotes y la guardia del templo. Dejaron a un lado los puestos de fruta, verdura, a los animales, y se dispusieron a entrar en el recinto sagrado.
El color rojo fue rápidamente sustituido por blanco. Pureza. Este pequeño detalle dio esperanzas al grupo. Puede que los sacerdotes de este reino no tuviesen nada que ver con los que habían conocido antaño. Puede que aquí no hubiese llegado la corrupción. El grupo siguió andando en línea recta, completamente en silencio, respetando la quietud del lugar, a pesar de que aún se escuchaba el jaleo del mercado que dejaban a sus pies. Personas a ambos lados de las calles los miraban, a la vez que cuchicheaban. Sus murmullos eran ínfimos, casi inaudibles, pero la masa aglomerada en las inmediaciones de la calle principal hacía que ese murmullo se volviese ensordecedor. Los muchachos por fin entraron en el templo. Ante ellos, un anciano con larga barba, de piel blanquecina y canosos cabellos. Vestido con una larga túnica clara, de plateados reflejos, se hallaba sentado sobre un trono de mármol.
- Señor, se presentan ante ust... - gritó el anciano que les había estado acompañando hasta entonces.
- Tranquilo, Atlacatl, los dioses ya me han hablado de ellos, puedes retirarte. - dijo, con voz sosegada, el que los muchachos dedujeron que era el sumo sacerdote.
- Muchachos, los dioses me han hablado de vuestras penurias, de vuestros sueños y ambiciones. El futuro está lejos de ser como cada uno de vosotros desea. Pero será la vida la que os ponga a cada uno en vuestro lugar, no yo. Topiltzin, he visto un gran potencial en ti, puedes llegar a ser un gran cirujano, pero lamentablemente necesitas acarrear experiencia para empezar a atender pacientes. En esta villa, Mayapán, ya que desconocíais su nombre, no podemos obsequiarte con esos entrenamientos, sin embargo, hay una ciudad un poco al sur, Ictelizán, cuyos recursos en lo refente a medicina son los mejores de la zona. Eres dueño de tu propio futuro.
- Me siento honrado porque me haga entrega de esta valiosa información, marcharé en breve pues hacía ese lugar.
- De acuerdo, no esperaba menos. Tlacaelel, los dioses han mencionado tu tenacidad a la hora de buscar tu felicidad y la de los que te rodean. Estaríamos honrados de que te unieses a los cuidadores de los animales domésticos, en periodo de prueba durante varias decenas de fases lunares, claro.
- Será todo un honor, me siento imbuida en felicidad debido a que me den este privilegio.
- Me alegra oír eso. Hiuhtonal. Te permitiremos también entrar en la escuela que enseña los cuidados necesarios para tratar a los enfermos. Espero que tu intelecto ayude a nuestro pueblo en un futuro.
- Me siento muy agradecida, señor.
- En cuanto a ti Ilhuicamina, pequeño al que el Kisín marcó con la estrella negra. Joven apesadumbrado, debes ser más positivo. El futuro te aguarda muchas sorpresas, no todas ellas malas. Eres libre para ser lo que quieras ser en el piso inferior de esta ciudad. Solo déjame decirte una cosa. Ya has encontrado la redención. Nadie tiene nada que reprocharte ne el otro mundo. Ahora está en tus manos el decidir que quieres hacer con tu vida. Desde mi punto de vista, te aconsejo aprovecharla.
- Gracias... - dijo Ilhuicamina, rompiendo a llorar. Lágrimas dulces. Lágrimas de felicidad. Zipatocnal era ya solo un bello recuerdo. No había necesidad de recordar el dolor.
Hoy era el primer día del resto de sus vidas, y la oscuridad no podía ennegrecer esa preciosa puesta de sol.




martes, 10 de abril de 2012

Redemption; Chapter seven, Stay away

7º - STAY AWAY

Dolor interno.

Dolor externo.

Dolor infligido a otras personas.

Sangre inervada. Rabia. Furia. Ganas de matar en aumento. Ilhuicamina estaba colérico. Ciego por el dolor, el odio y la sed de respuestas que le consumían por dentro a una velocidad alarmante. Recorrió como una bestia los amplios corredores del templo. Las esperpénticas figuras recreadas en las paredes le daban aún más dramatismo a la escena. Le parecía extraño que no se le hubiesen cruzado guardias, mas no le dio mucha importancia pues el encuentro con Mixtle le obcecaba tanto que no le importaba como llegar hasta él. El fin justifica los medios, solía pensar. Y esa mentalidad le había llevado a vivir una vida de penurias y venganzas, una tras otra. Siempre igual. Siempre pensando en hacer daño a los demás cuando lo que en realidad lo que necesitaba era que alguien le diese un abrazo. Pero el odio solo genera más odio, y, en ese momento, no había tiempo para mariconadas. Quería a Mixtle muerto. Lo ansiaba. Lo necesitaba.
Los pasillos parecían eternos, tanto subir escaleras, tanto dar la vuelta al toparse con un callejón sin salida, habían hecho enfurecer a Ilhuicamina, más aún si cabe. Al cabo de varios minutos corriendo, el muchacho al fin llegó a la sala principal del templo. Su objetivo debía estar allí. 

- ¡OH PODEROSO MONTECZUMA, DAME PODER PARA ENFRENTARME A LAS AMENAZAS TERRENALES QUE LOS DIOSES OSCUROS ME ENVÍAN!

Una voz ronca gritaba en la otra punta de la habitación. Debía ser el gran sacerdote, invocando a los dioses que un día le dieron a él de lado.

- TUS DIOSES SON UNOS BASTARDOS. IDOLATRAS A FALSAS DIVINIDADES. ¿ACASO TE HAN AYUDADO ALGUNA VEZ? - contestó Ilhuicamina, presentándose así ante Mixtle, que, aunque sabía que estaba en el poblado, no se había percatado de su presencia en la sala.

Giró sobresaltado para encontrarse frente a frente a Ilhuicamina. Hacía años que no se veían. Los sentimientos de ambos se entrecruzaban, peleando el uno con el otro, a pesar de que ninguno se movió del sitio. El aura dorada del sacerdote contra la oscuridad desbordante del salvaje.

- ¿QUIÉN TE HAS CREÍDO TÚ PARA VENIR AQUÍ, AL HOGAR DE LOS DIOSES, A BLASFEMAR DE ESA MANERA?

- ¿QUIÉN TE CREÍAS TÚ CUANDO ME ARREBATASTE MI HOGAR? ¡ROMPISTE UNA AMISTAD POR LA LUJURIA QUE SENTÍAS! ¿Y TIENES LA DESFACHATEZ DE ECHARME EN CARA A MÍ QUE BLASFEME? LOS DIOSES ME ABANDONARON A MI MERCED. TODO HA SIDO TU CULPA... todo ha sido tu culpa maldito desgraciado...

Con lágrimas en los ojos se acercó corriendo al gordo sacerdote, machete en mano. Sin mediar palabra, el puño derecho de Ilhuicamina impactó sobre la grasienta cara de este, que cayó estrepitosamente al suelo. El puño fue seguido de una patada en la cabeza. Y otra, y otra...
Con la cara completamente cubierta de sangre, el sacerdote se hallaba boca arriba, aún consciente, respirando entrecortadamente. Ilhuicamina se encontraba de pie, a su lado, con el cuchillo aún en la mano izquierda, con los nudillos de la mano derecha increiblemente abiertos, desgarrados. La sangre goteaba y manchaba el empedrado suelo del sagrado templo. Se sentó encima de su enemigo. Iba a terminar con todo de una vez. Le agarró por el cuello con una mano, quería verle la cara:

- Tú mataste a Zipatocnal, maldito bastardo. Por tu culpa los dioses reclamaron su alma. Nada de esto hubiese pasado. Todos podríamos haber sido felices, pero tu egoísmo, tu avaricia ha terminado por impurificar nuestras inocentes vidas. Ahora te la arrebataré yo, no mitigará el dolor que siento, pero de este modo no sufrirá más gente inocente...

Levantó el machete con las dos manos, enfurecido. Se disponía a partir el cráneo de aquella bestia cuando una ínfima luz volvió a hablarle en su interior: 

- No lo hagas Ilhuicamina, por favor. Es lo último que te pido. No me gustaría ver como más gente sufre por mi culpa. Estoy bien ahora. No te preocupes por mí. Eres buena persona, no malgastes tu vida cegado por el odio. Te mereces ser feliz. Has sufrido demasiado por mi culpa. Bórrame de tus recuerdos, empieza de nuevo. Te mereces ser feliz...

Las lágrimas corrían por el rostro de Ilhuicamina, y caían encima del sacerdote que se hallaba debajo suyo. Movió los brazos. El cuchillo silbó cortando el viento. Mixtle cerró los ojos con fuerza, acobardado. Ilhuicamina clavó el cuchillo al lado de la cabeza de la que iba a ser su víctima:

- Tienes mucha suerte hijo de puta, no sabes cuanta. - sentenció el desterrado.

Se fue alejando sin mirar atrás, volvería otra vez a la selva, ya no podía continuar en su hogar. Ya no tenía otra patria que los árboles.

- ¡TE ARREPENTIRÁS DE LO QUE HAS HECHO MALDITO ENFERMO! - gritaba en la lejanía el sacerdote, impotente ante el poder de la supuesta oscuridad que el salvaje poseía. 

Pero Ilhuicamina hacía caso omiso de las amenazas, no quería reavivar a sus demonios internos, por lo que se fue sin mirar atrás. Salió del templo, y se dirigió a casa de Topiltzin. Quería despedirse esta vez de su amigo. Quería guardan un único recuerdo alegre de Mayaque. 
Al entrar en la choza de barro se encontró a Topiltzin discutiendo con otras dos muchachas. Todos enmudecieron al ver las ropas ensangrentadas de Ilhuicamina, que se encontraba de pie en el umbral de la puerta:

- ¿Qué has hecho, Ilhuicamina? - preguntó el chico.
- ¿Eres Ilhuicamina? ¡ Cuanto tiempo! - una de las muchachas se acerco corriendo al mozo y le abrazó. Contacto humano. Cómo anhelaba eso. Era la primera vez que se sentía a salvo en mucho, mucho tiempo. - ¿no te acuerdas de mi? Soy Tlacaelel, trabajaba en los campos de recolección contigo. Ella es Hiuhtonal.

Esa era la voz que Ilhuicamina había escuchado la noche anterior. Se sentía aliviado, aún quedaban conocidos que no le recordaban como a un monstruo, un despojo de la sociedad, un paria... Esbozó una extraña mueca, un intento de sonrisa, mas la situación en la que se encontraba y la expresión de Hiuhtonal no favorecieron en nada a que esa mueca se transformase en una sonrisa. Hiuhtonal parecía realmente fría, distante, seria, todo lo contrario que las otras dos personas que moraban en esos momentos la choza. Ilhuicamina se sintió identificado con ella, y sintió la imperiosa necesidad de conocerla mejor. Quizás ella también guardaba un secreto, una vida que nadie más sabía. Quizás era como él. Pero por ahora sería imposible averiguarlo, debía huir de la tierra que le vió crecer. Aunque el destino le deparaba una sorpresa que ni al más juerguista de los dioses se le hubiese ocurrido.

Redemption; Chapter six, Purity/ Impurity


6º - PURITY - IMPURITY

La calidez de la amistad.

El frío de la traición.

Deseos que chocan. Destinos manifiestos.


Ilhuicamina se acercó temeroso a la sala principal de la choza, dubitativo de si debía o no saber todo lo que había acontecido en el pueblo en estos años. Con la mano temblorosa, cogió el respaldo de una silla y se dejó caer sobre esta, como un tucán se posiciona sobre una rama. Topiltzin, cabizbajo, se hallaba recostado sobre la pared, con un maltrecho cigarro en su boca. Su rostro era imposible de descifrar pues la tenue luz de la mañana evitaba que llegase luz solar a su cara.
Tras un silencio que pareció eterno, el chico alto, paliducho, de pelo moreno que se encontraba de pie comenzó a hablar:

- Siento mucho lo que te pasó. Tu no tenías culpa de nada. Pero las premoniciones del gran sacerdote eran inexpugnables, y nadie pudo hacer nada cuando tus padres murieron. Ellos eran el último reducto que defendía tu estancia en Mayaque, sin ellos, fuiste pasto para la tiranía del gran sacerdote. Mixtle, venerado como a un mismo Dios, no dudó en sacarte de su vista, enviarte lejos, desterrarte. Pero todo esto tenía una explicación. La hija de uno de los cazadores, Zipactonal.

Ilhuicamina escuchó como si algo de cristal se resquebrajase dentro de su interior al volver a oír ese nombre. Últimamente todo giraba en torno a ella. Y cuando salía de esa vorágine de malos recuerdos no hallaba más que odio, dolor y sed de venganza. Pero continuó escuchando, a pesar de que casi no podía aguantar las lágrimas:

- Posiblemente no conocieses a esa muchacha, puesto que era de una casta superior, pero los otros cazadores me han dicho que se pasaba las horas mirando por las ventanas del gran mercado. Las ventanas desde las que veían todas las cosechas de maíz. Decían entre risas que alguien debía llamarle poderosamente la atención, y que ojalá se hubiese fijado más en los cazadores, y no en los nenazas esos que cogían verduras y hortalizas del suelo.

El muchacho escuchaba atónito la conversación. Esto no podía ser real. Esa Zipactonal no debía ser la que él conocía. Y si así fuese, seguramente no se hubiese fijado en él, eran cientos de mozos los que recogían maíz y trigo en aquellas cosechas. Aunque cabía la posibilidad. Esto cambiaba todos sus esquemas. Su primer encuentro no había sido mágico. Estaba adulterado por un deseo previo de la muchacha. Debía ser imposible. No la había visto en la vida. No podía ser verdad.
Topiltzin prosiguió:

-  Pues bien. Mixtle puso sus ojos en ella. De entre todas las jóvenes del reino, se fijó en ella, y procedió a cortejarla. Estaba muy ilusionado, ya que ninguna mujer había rechazado nunca a un gran sacerdote. Su posición le daría los lujos que nunca hubiese imaginado. Cuán grande fue su sorpresa cuando esta zagala le dijo que no estaba interesada en él, sino en otro muchacho. Tú eras eres muchacho, Ilhuicamina. Por eso te desterró. Te quería lejos de Zipactonal.

Esto le sentó como un jarro de agua fría. Por fin se había quitado la venda que tanto tiempo le había impedido ver. Mixtle, que había sido su amigo cuando iban a la escuela, le había provocado un daño horrible.

- Pero eso no es todo. Tras tu marcha, Zipactonal estaba sumida en la amargura. Su contagiosa risa no sonaba más. Apenas hablaba con todos los demás y, de la noche a la mañana, desapareció. Huyó de casa y se adentró en la espesura de la selva. Te buscaba.

Ilhuicamina estalló de rabia, ya no podía soportarlo más, cada una de las palabras que Topiltzin decía se le clavaban en la conciencia como flechas envenenadas. Se sentía culpable por la muerte de Zipactonal. Aunque había alguien que era aún más culpable. Mixtle. El artífice del Caos. El Kisín humano. El lobo vestido de cordero. Quería explicaciones, o eso deseaba pensar, porque en el fondo, la rabia volvía a cegarle. La locura, la oscuridad, volvían a apoderarse de su cuerpo. Se vaticinaban más sangrías, solo que esta vez, disfrutaría matando.
Se levantó de un golpe de la silla y corrió hacia la ventana. Fue tan repentino que Topiltzin se tropezó y cayó al suelo. Ilhuicamina cogió un machete que su amigo utilizaba para cazar, y saltó por la abertura en la pared de barro. Corrió por todo el poblado, perdido, buscando la forma de alcanzar el gran templo, que se hallaba en la parte más alta de la ciudad. Recorrió calles y calles, casi sin aliento. Cogiendo fuerzas de donde no las había. La locura le daba el poder. Esta vez no necesitaba del fruto del Árbol de las Ánimas para sentirse poderoso. Era consciente de que no sería capaz de llegar hasta su objetivo, su guardia era inmensa, y estaba mucho mejor armada que él. Tendría suerte si consiguiese salir con vida de la escaramuza que estaba a punto de protagonizar, pero no temía lo que el destino le deparase, se levantaría una y otra vez hasta vengar la muerte de su amada.
Las calles llegaron a un final, un gran edificio que se elevaba hasta el cielo. La majestuosidad del recinto no amainó la ceguera de Ilhuicamina, que prosiguió enfurecido su marcha, ahora a un paso más taimado.
Dos guardias se encontraban charlando en la puerta, cuando vislumbraron al atacante, se dispusieron a asaltarle, mas sendos golpes en sus sienes con los puños desnudos de Ilhuicamina les dejaron en un estado inconsciente.
El muchacho se hallaba embravecido, y nada ni nadie podría detenerle. Aunque no tenía ni idea de lo que estaba a punto de ocurrir.

viernes, 30 de marzo de 2012

Redemption; Chapter five, Home

5º - HOME

Infancia perdida. Madurez forzada.

Víctimas inocentes.

Ángeles ocultos.




Ilhuicamina abrió los ojos poco a poco, despacio. Las luces, a la que no estaba acostumbrado, le quemaban las retinas. Se hallaba tumbado boca arriba, en un mullido montón de algodón. Desde su niñez no había vuelto a dormir en una cama. La sensación era indescriptible. Se encontraba confuso y desorientado, pero una extraña familiaridad en el ambiente le hacía sentir a gusto, no tiene miedo.
El fuego crepita en una pequeña chimenea a unos metros de él. El fuego al que se enfrentó en el pasado había sido domado, y utilizado para proporcionar alivio y no dolor. Voces de desconocidos dialogan en la habitación contigua, estas voces le evocan vagos recuerdos de su infancia, pero no consigue identificar a quienes pertenecen, por lo que en un vano intento de escuchar mejor, se acerca a la pared que une ambas habitaciones:


- ¿Pero no te parece una coincidencia que Ilhuicamina haya regresado a la aldea después de tanto tiempo, justo cuando le ha pasado esa terrible desgracia al chamán?- dijo una voz de mujer. Dulce, reconfortante, pero a la vez estricta y seria, terriblemente seria.
- No lo sé, pero no creo que sus heridas se las haya provocado él mismo. Además, cuando llegó flotando al lecho del río estaba medio moribundo. Algo muy grave ha debido pasarle, esperemos que despierte pronto y nos cuente su historia. - dijo una voz masculina. 


Esa voz la recordaba perfectamente. Topiltzin. Su mejor amigo de la infancia, su mayor rival cuando aún vivía en el poblado. El chaval, un año mayor que él, a quién siempre quiso superar, mas nunca pudo. 
Ilhuicamina deja de escuchar por un momento, un tren de imágenes circula a lo largo de su mente. Recuerda toda su infancia, y se pregunta porqué no actuó Topiltzin en su defensa cuando le expulsaron hace ya cinco años de su hogar. ¿Qué motivos le empujaron a esconderse cuál vil reptil en su madriguera?. Él era su amigo, su mejor amigo, no debió abandonarle. Una lágrima llena de rabia brota del ojo derecho de Ilhuicamina. Quiere explicaciones. La furia vuelve a apoderarse de su cuerpo. Debe controlarse ya que, si no lo hace, la oscuridad volverá a consumirle...
Tras un pequeño desliz, se calma y continúa escuchando. La conversación ha adquirido tonos más agresivos, llegando incluso a algún que otro grito:


- ... El poblado está muy agitado últimamente, parece como si todo el mundo se estuviese volviendo loco por momentos. Como esto siga así, me iré pronto. Esta situación es insoportable, ¡que les den a todos! - dijo una voz femenina, más estruendosa que la anterior, por lo que Ilhuicamina deduce que en la habitación contigua hay dos chicas y un chico, Topiltzin.


Un portazo retumbó en toda la casa.


- ¿Qué le pasa ahora a esta? - dijo la primera mujer.
- Está preocupada por Ilhuicamina, por eso se comporta así. O eso creo. - respondió Topiltzin, en voz baja, casi en susurros.


Este último dato le hizo percatarse a Ilhuicamina de que podrían sospechar que se encontraba despierto, por lo que volvió a su cama. Meditó largo y tendido sobre el lecho en el que se hallaba. Mañana tendría todas las respuestas que buscaba.


El sol luce sobre las hojas del árbol que se haya al lado de la ventana. Por su altura, Ilhuicamina determina que debe ser mediodía. No hay nadie en la casa. Se encuentra confuso, por lo que decide salir fuera. Piensa que ver los edificios que veía en su infancia le ayudaría a encontrar una explicación a todo lo que pasaba a su alrededor. 
Al salir de la casa, la luz del sol le ciega, cuando de repente, alguien grita su nombre. Y siente como alguien le abraza. Contacto humano. Apenas recordaba lo que era eso. Su amigo de la infancia sonríe. Está feliz por poder ver al flojucho una vez más. Pero Ilhuicamina quiere respuestas.


- ¿Por qué me abandonaste? - Fue seco, contundente y enormemente frío. Rompió la magia del momento al instante.
- Pasa adentro, han pasado muchas cosas en tu ausencia, te lo explicaré todo. - respondió.


Ambos cruzaron silenciosos el umbral de la casa, cruzaron el pasillo en silencio, y tomaron asiento, sin que una sola palabra saliese de sus labios.


- Bien. Lo primero de todo lo siento. Yo también me quedé muy solo tras tu marcha. Ahora, deja que te lo explique todo.

sábado, 24 de marzo de 2012

Redemption; Chapter four, Behind the Darkness

4º - BEHIND THE DARKNESS

Oscuridad intensa. Luces cegadoras.

Autodestrucción.

Personas.


Oscuridad. Hiciese lo que hiciese, Ilhuicamina no hallaba más que sufrimiento. El dejarse llevar por la corriente con un fino hálito de vida, muestra de su fuerza de voluntad y el rechazo ante el sometimiento divino, le dió que pensar. Quizás él era en si mismo la oscuridad, fuerza celestial que atraía todo lo malo. Bondad que en cierta parte del camino se tornó perversa. Dolor angustioso. Rabia irrefrenable, deseosa de salir de un marchitado cuerpo. Meditó largo y tendido si al mundo no le iría mejor si el ya no estuviera y tomó una decisión de cobarde. Huir. No había hecho otra cosa en su vida. Nunca plantó cara a sus problemas, solo agachaba la cabeza, cerraba los ojos y salía corriendo. 
Decidió dejar de seguir flotando, imbuirse en las gélidas aguas del río y no volver a la superficie, nunca más.
Cerró los ojos. La Luna sería testigo de su final. Su magia ya no le hacía efecto, ya no podía continuar. 

- Yo también quería esas alas... Maldigo a los pájaros, que nacieron con el don de la libertad.

...Y soltó todo el aire que había en sus pulmones...

Poco a poco, se fue sumergiendo. El frío, se fue haciendo más y más intenso. Un frío que le quemaba la piel. Y perdió la consciencia, como en aquellas noches en la selva en las que solía dar rienda suelta a su locura. Empezó a ver su vida a la velocidad del rayo. Recuerdos felices se alineaban con sucesos trágicos. Unos y otros  montaban una coreografía rítmica. Secuencias vertiginosas de una vida propia. Llegó el momento del salto al vacío, y todo se tiñó de negro. Últimamente su vida giraba en torno a ese color. No conseguía ser feliz a pesar de buscar la felicidad en cada una de sus acciones. Por eso tiraba la toalla. No había ganas de seguir el espectáculo. Con un poco de suerte, vería a sus seres queridos en la otra vida.
 De repente, vio un punto blanco. Minúsculo, extremadamente pequeño, casi irrisorio. Esta efímera luz se fue haciendo cada vez más grande, y de ella salió una silueta femenina. Reconocería esas curvas a kilómetros de distancia. Esas curvas que tanto añoraba. Cada minuto de su triste existencia. Ella se acercó con paso firme. él se puso en pie; ya no sentía miedo. Cuando se encontraron frente a frente, sus caras fueron acercándose. Se fundieron en un pasional beso. Un beso que pareció eterno. Un beso para devolverle el aliento. Un beso para devolverle la vida.
Cuando se separaron, Zipactonal susurró sus últimas palabras:

- Es hora de despertar.

Y acto seguido le propinó una brutal bofetada al muchacho.

Ilhuicamina abrió los ojos poco a poco. Se encontraba tumbado boca arriba sobre tierra. El agua del río, congelada como cualquier noche, se colaba entre los dedos de sus pies, haciéndole cosquillas. Se sentía vivo. Empezaba de cero. Y no volvería a huir...
Tras él, suenan pisadas y lo que parecen voces humanas, pero se encuentra demasiado débil para entender lo que dicen:

- ¡Ayuda! ... muchacho ... río ... fuego ... calor ... .

Con los ojos aún entreabiertos, vislumbró la escena que se exponía ante él. Grandes construcciones de piedra que llegaban hasta el cielo se entremezclaban con casitas de paja y animales que no había visto nunca. Luces por todas partes. Todo eso era nuevo para él. Pero no tenía miedo. El dolor le había hecho fuerte.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Redemption; Chapter three, War

3º - WAR

Demonios internos. Guerra de intereses.

 Sangre. Sudor. Lágrimas.

 Paz. Liberación.

El majestuoso árbol había emergido de sus cenizas. Su poder semi-infinito, había consumido a quienes lucharon contra él. Ya casi no quedaban árboles en la zona de las cascadas. Sólo hiedras moradas, espinosas y dañinas. 
Sus frutos, hijos infectos de un incesto entre seres esperpénticos, se diseminaron por los alrededores, envenenando todo lo que encontraban a su paso; haciendo huir a los animales, haciendo mutar a las plantas.
La belleza natural de la selva había desaparecido completamente. Los árboles, antiguo hogar de monos y aves, habían desaparecido. Ya no quedaba nada más que un sol abrasador...

Y la noche... Que transformaba todo en una inmensa oscuridad. Cielo y tierra se unían formando un sólo firmamento. Pero dentro de esa inmensa oscuridad se hallaba luz, y Ilhuicamina por fin se dió cuenta de ello.
La Luna, las estrellas, seguían allí, brillando para él, no le habían abandonado. Eran su luz, habían estado escondidas, pero cuando las necesitó siempre estuvieron ahí. Recordó su infancia en el poblado, mirando las estrellas, sus únicas amigas. Recordó sus aventuras entre las copas de los árboles, con la noche de fondo. Recordó a Zipactonal. Lloró de rabia. No podía entender como el odio le había consumido tanto. Ella no hubiese querido verle así. Cumpliría su voluntad. Haría de este un mundo mejor y para ello, debía empezar por redimir sus pecados.
Era una noche seca. La ausencia de árboles se había llevado consigo a la humedad. Era una bonita noche para hacer el bien. Vandalismo en estado puro, pero todo por hallar la paz. El fin justifica los medios, solía pensar.
Cuando vivía en el poblado escuchó que el fuego purifica, e iba a realizar una purificación digna de un Dios.
Con el choque de obsidianas provocó fuego y con los restos afilados de estas hizo cuchillos. 
Se acercó al árbol de las Ánimas y rompió su negra corteza con el negro cuchillo. La savia, pastosa y blanquecina, hacía que se le pegasen los dedos. Una ínfima defensa una vez caído su ataque psicológico a Ilhuicamina. Acercó el fuego al árbol y este se extendió rápidamente, como un combustible. Y rápidamente rodeó a Ilhuicamina. Sería víctima de su propia obra macabra. Podía ver como su maestro, su mentor, su falso amigo en la última época de su vida se iba consumiendo poco a poco, transformándose en las cenizas que hubiese acabado siendo si él no hubiese intervenido. Los frutos, quemado, se tornaron completamente negros. Su zumo no volvería a amargar a nadie.
Vió la muerte cara a cara, al Kisín, a quién había hecho de su existencia algo efímero. Y se entregó al fuego. Él también debía purificarse, no debía quedar un sólo atisbo de maldad en el mundo. Zipactonal lo hubiese querido así. 
Corrió entre las llamas, ciego. El inmenso calor le reconfortaba por dentro, a la vez que le destruía por fuera. 

Y se hizo el vacío. 

No vió el borde del precipicio, y saltó sin darse cuenta sobre las cataratas. Se sintió liviano durante su caída.  "Esto debe ser la redención. Que los designios de los Dioses guíen mi destino. Me siento en paz".

martes, 20 de marzo de 2012

Redemption; Chapter two, Oblivion

2º - OBLIVION

Pisadas en el barro.

Sangre.

Gritos sordos en la oscuridad. Escalofriantes carcajadas. Siniestras oraciones.  

La noche se cernía sobre la espesura de las copas de los árboles. Las estrellas brillaban con una belleza única. Las luciérnagas revoloteaban juguetonas entre las flores, haciendo de la quietud de la selva algo maravilloso. La noche traía consigo la quietud y la calma. El bullicio y la vida matinal daban paso a la tranquilidad, el apaciguamiento de la noche...

Mas algo acechaba entre las sombras. Escondido. Esperando el momento para atacar a presas durmientes. Esperando para hacer daño. Para hacer sufrir. Esa criatura era Ilhuicamina, o lo que quedaba de él, que no era más que un cuerpo vacío...

Enfurecido con el mundo, envuelto en un aura tenebrosa, merodeaba trepando por las ramas de los árboles.

Una familia de tapires dormía plácidamente en un rincón de la selva, ajenos al peligro que estaba a punto de condenarlos. Un peligro con nombre propio, Ilhuicamina. La locura, el odio, la soledad, le habían vuelto loco, por eso era peligroso. Tras una apariencia tranquila y simpática se hallaba un alma psicópata, con sed de sangre. Puede que todos tengamos una personalidad psicótica latente, enjaulada en el rincón más oscuro de nuestro cerebro, pero él había perdido el sentido de lo que estaba bien o mal, y su mini-yo psicópata fue fortaleciéndose, hasta el punto de poder doblar los barrotes que le aprisionaban con el movimiento de su dedo meñique.

Tenía sed de sangre, y bebió. Vaya que si bebió...

Degolló una a una a las pequeñas criaturas que se encontraban indefensas, con una pérfida sonrisa en sus labios, mientras la sangre le salpicaba su torso desnudo y sucio. Cuando acabó con la vida de todos ellos, lanzó una sonora carcajada al cielo fruto de su locura. Bañado en sangre, el niño que había crecido demasiado deprisa se sentía feliz. Ese líquido espeso y rojo era como agua en medio del desierto. El dolor de los demás le causaba placer. Entonces procedió al ritual que realizaba cada noche, bajo el manto de la cubierta de los árboles y junto a la pila de cadáveres, víctimas inocentes de la locura. Procedió a ofrecer esos cuerpos inertes a la oscuridad, quién le había otorgado el poder de sembrar el caos; padre de la infecta criatura que era ahora:

                 -  ¡Oh Kisín, Dios Oscuro, Dios de la Muerte, yo te invoco! ¡A su Deidad, que en su misericordia decidió darme el poder de juzgar a este pútrido mundo, le entrego yo estos sacrificios, no hay necesidad de que estas alimañas asquerosas interrumpan el sueño de un Dios, por lo que siga descansando, ya han sido juzgadas y condenadas al Xibalbá!. Hediondo le llaman, ¡ JA!, cuán cómicos pueden llegar a ser estas putrefactas criaturas cuya existencia ya es en sí una blasfemia...

El árbol de las Ánimas se iba haciendo cada vez más grande, debido a las ofrendas que noche tras noche recibía, por lo que llegó a infectar a los árboles de su alrededor, y estos comenzaron a pudrirse, lenta y paulatinamente, a la vez que las moradas hojas de la reencarnación del innombrable se volvían más y más turgentes, duras, con escamas y espinas que brillaban con una luz diabólica a la luz de la Luna.

La locura había asolado una gran parte de la naturaleza verde que antes predominaba en la jungla. Ahora no se encontraba otra cosa que muerte, llanto y desolación. Ilhuicamina se creía el dueño y señor de toda esa tierra. La oscuridad era una espesa venda que le impedía ver la realidad. El verdadero Rey de todo era Kisín, señor tenebroso, representante de la oscuridad y de todo lo malo. El era el artífice de todas las desgracias. Ilhuicamina no era más que un simple peón. Una víctima que creía ser verdugo; una corriente de viento que creía ser Dios.

Redemption; Chapter one, "Running away"


                           


1º - RUNNING AWAY

Sudor, mareo, náuseas, confusión.

Lluvia.

Cantos de pájaro. Rugidos de pumas. Sonidos de la selva.

Ilhuicamina dejó de ser fuerte. Ese niño que había luchado contra el destino fue vencido por este, y se sumió en la oscuridad. Le atraía el poder que esta emanaba; poder que rezumaba a borbotones y que Ilhuicamina ansiaba, quería, necesitaba...
Se hallaba ante el árbol de las Ánimas, pequeño, de madera negra, con largas hojas moradas. El árbol cuyo fruto irradiaba maldad, irradiaba poder.
Ilhuicamina se acercó titubeante a coger uno de esos frutos morados, alargados y arrugados. Los animales no se acercaban a comer a ese lugar. Los monos no jugaban entre sus ramas. No había nidos en sus oquedades. Era un sitio oscuro que representaba todo lo malo que hay en nosotros mismos.
Titubeó, no decidía qué hacer. Perder todo atisbo de luz, aún a sabiendas que el poder que iba a conseguir, ese que tanto anhelaba, le acabaría consumiendo. Pero era un cobarde, y tomó la solución más fácil, morder el fruto con fuerza. Su zumo, amargo, le quemaba las entrañas, poco a poco fue sintiendo cada vez más frío; el sudor le recorría la espalda, congelado como un témpano de hielo. Empezó a sentir convulsiones, la fiebre le iba subiendo. Perdía la visión. Sentía que todo le daba vueltas. Por primera vez escuchó al silencio en la selva. Cayó al suelo de un golpe, inconsciente. El charco de sudor que había producido fue absorbido por la tierra, y llegó a su legítimo dueño, el árbol maldito, el árbol de las Ánimas.

Pasó tiempo, mucho. Fue algo intangible, quizás fueron minutos, quizás años. 

Hasta que volvió la lluvia. La lluvia que se lo había llevado todo despertó la poca conciencia que quedaba en él. Poco a poco se fue levantando. Débil, pero decidido. Tambaleante, pero seguro. Ciego y lleno de odio, gritó con todas sus fuerzas. Su voz, retumbó en toda la selva y despertó a cuantos seres habían en él.
Una bestia había despertado esa noche. Su mirada, llena de odio, solo tenía un objetivo, hacer que todos sufriesen igual que él. Podría no ser justo, pero la vida no había sido justa con él. El odio había vencido al amor y había hecho un festín con sus entrañas.